¿Has tenido que luchar y enfrentarte a lo fuerte y dura que puede ser la vida en ocasiones?

Yo también, y no tan solo una, varias…

Una de las más significativas fue el quedarme sin empleo un 3 de diciembre. En plena temporada navideña. Y como probablemente a ti también te pasó, no fue por una razón que estuviera en mis manos. De hecho, el trabajo me gustaba a pesar de que trabajaba hasta 60 horas a la semana. Trabajaba como administradora para un cementerio histórico muy reconocido en Bayamón, Puerto Rico. Me gustaba el trabajo porque me permitía dar una palabra de aliento y fortaleza a tantas familias en medio de un dolor tan profundo. Sentía que mi propósito era ese.

Hasta que un buen día el Gobierno de Puerto Rico “se puso creativo” y aprobó una ley en donde todos los administradores de cementerios, funerarias y centros de cremación tenían que tener la licencia de director funerario. Este centro que yo administraba tenía los tres servicios. La oferta de la corporación era que tenía que irme a obtener la licencia, sí o sí. Esto representaba regresar a la universidad nuevamente por un año. No suena tan mal después de todo. El detalle era que hacía apenas 4 meses yo había terminado mi segunda maestría y estaba agotada de estudiar. Necesitaba tomarme un descanso. Trabajaba 60 horas a la semana mientras simultáneamente terminaba mi segunda maestría.

Ya se imaginan el desenlace. Me negué a estudiar por un año más y mi último día de trabajo fue ese 3 de diciembre. Hice el compromiso conmigo misma de que esto no arruinaría mis Navidades ni la de mi familia. En enero pensaría una estrategia para finalmente tener mi propia empresa, y es esto que te comparto hoy día.